
Generación X y Millennials: crecimos analógicos, nos hicimos digitales
Nani Duran
Bienestar y salud integral
9 sept 2026

Hay recuerdos que necesitan apenas un segundo para transportarnos: unos patines, un casete, una fotografía de rollo, un VHS o aquel teléfono fijo que estaba en la sala y no permitía conversaciones demasiado privadas. Si queríamos hablar con alguien, llamábamos a su casa y nos arriesgábamos a que contestara la mamá. Eso sí era valentía, ¡no mandar un emoji!
La Generación X y los Millennials crecimos en un mundo muy diferente al de hoy. Fuimos niños y jóvenes sin redes sociales, sin filtros y sin la necesidad de fotografiar cada momento. Jugábamos en la calle, memorizábamos números telefónicos, esperábamos nuestra canción favorita en la radio y preparábamos el casete para grabarla justo a tiempo. Si el locutor hablaba al final, casi nos arruinaba la vida.
También aprendimos a esperar. Las fotos tardaban días en revelarse y podían salir oscuras, movidas o con un dedo atravesado. No existía la posibilidad de tomar veinte imágenes para escoger una. Había una sola oportunidad y, curiosamente, aquellos recuerdos imperfectos todavía nos parecen hermosos.
Luego llegó la transformación. Pasamos del casete al CD, del VHS al DVD, de las cartas al correo electrónico y de esperar una llamada frente al teléfono a llevar el mundo entero dentro del bolsillo. Conocimos Messenger, Hotmail, los primeros celulares y las salas de chat. Sin darnos cuenta, pasamos de MTV a TikTok y de buscar información en enciclopedias a preguntárselo todo a Google.
Aprendimos dos idiomas sin estudiarlos en una academia: el analógico y el digital.
Esa experiencia nos dio una capacidad enorme para adaptarnos. Muchas mujeres de nuestra generación también emigramos, comenzamos nuevamente en otro país, aprendimos otra lengua, criamos hijos en una cultura diferente y reconstruimos nuestra vida profesional. Nos tocó adaptarnos a la tecnología mientras resolvíamos responsabilidades familiares, económicas y emocionales. Y aquí estamos: cansadas algunos días, sí, pero todavía aprendiendo.
No todo tiempo pasado fue mejor. Antes existían menos conversaciones sobre salud mental, límites personales, violencia, diversidad o bienestar emocional. Muchas crecimos escuchando frases como “no llores”, “aguanta” o “eso se queda en la casa”. Hoy tenemos la oportunidad de cuestionar esas ideas y enseñarles a nuestros hijos que pedir ayuda también es una forma de valentía.
Sin embargo, hay algo de aquella época que vale la pena recuperar: la presencia. Conversar mirando a los ojos. Visitar sin anunciarlo por mensaje. Escuchar una historia sin revisar el teléfono. Compartir una comida sin sentir la obligación de publicarla. Estar realmente donde estamos.
La tecnología nos acercó a personas que viven lejos, nos permitió emprender, aprender y crear comunidades. Pero también puede hacernos sentir que nunca descansamos, que siempre debemos responder y que nuestra vida necesita verse perfecta. Por eso, el verdadero desafío no es rechazar el mundo digital, sino aprender a utilizarlo sin permitir que nos robe lo más humano.
Somos una generación puente. Conservamos recuerdos de un mundo sin Internet y, al mismo tiempo, aprendimos a trabajar, comunicarnos y emprender dentro de él. Sabemos lo que era esperar una carta, pero también hacemos videollamadas con la familia que dejamos en otro país.
Quizás nuestro mayor superpoder sea ese: hemos cambiado muchas veces sin perder completamente nuestra esencia.
Hoy te invito a recuperar algo sencillo. Llama a una amiga sin escribirle primero. Imprime una fotografía. Escucha una canción completa. Siéntate a conversar sin mirar la pantalla. Cuéntales a tus hijos cómo era tu vida antes del Wi-Fi y escucha también cómo ven ellos el mundo.
Porque podemos agradecer todo lo que la tecnología nos ha dado y, al mismo tiempo, recordar una gran verdad: la mejor conexión nunca necesitó Wi-Fi.
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