
El día que Mariana dejó de explicar su precio
Lety Rivas
20 oct 2026

Mariana tenía todo para que le fuera bien, hacía pasteles personalizados desde su cocina. No eran pasteles cualquiera: cada uno contaba una historia. El de los 50 años de una señora llevaba pequeñas flores de azúcar idénticas a las de su jardín. El de un bautizo tenía bordado, en fondant, el mismo encaje del vestido que había usado la abuela.
La gente se enamoraba de sus pasteles. Le escribían, le pedían fotos, le decían "¡qué belleza!". Pero había una pregunta que siempre llegaba:
—"¿y cuánto cuesta?"— y algo le pasaba a Mariana.
Se le apretaba el estómago. Escribía el precio, lo borraba. Lo volvía a escribir. Y antes de enviarlo, agregaba un párrafo entero:
"Es que lleva muchas horas de trabajo, y los ingredientes subieron mucho, y las flores las hago a mano una por una… pero si te parece mucho, lo podemos ajustar, no te preocupes."
A veces la clienta ni siquiera había dicho que le parecía caro. Mariana ya se había defendido sola.
Una noche, después de entregar un pastel que le había tomado tres días, se sentó en la cocina a hacer cuentas. Y se dio cuenta de algo que le dolió: había cobrado menos de lo que le costó hacerlo y no porque la clienta se lo pidiera. Sino porque ella, en el último momento, había dicho: "Bueno, como eres amiga de mi prima, te lo dejo en menos."
¿Te ha pasado esto a tí? Entonces quedate porque esta historia continúa.
Esa noche no lloró por el dinero. Lloró por algo más difícil de explicar. Por esa sensación de que, por más que se esforzara, siempre terminaba haciéndose pequeña, mezclas de emociones entre tristeza, culpa, frustración que se suben en un carrito de una montaña que va iniciar una gran bajada.
Unos días después, en un grupo de emprendedoras, Mariana escuchó a otra mujer decir algo que se le quedó grabado:
"Yo no tenía un problema de clientas. Tenía un problema de voz." y Mariana se quedó pensando, porque era verdad.
Ella sabía hacer su trabajo, ella sabía que era bueno, lo que no sabía era hablar de él sin pedir perdón. Y empezó a notarlo en todo.
En los mensajes que comenzaba con "perdón por molestar", en los pedidos que aceptaba para el mismo día, aunque ya estaba agotada, en las veces que una clienta le pedía "un cambiecito más" y ella decía que sí, aunque por dentro quería decir que no.
En las historias de Instagram que grababa y borraba porque "¿quién me va a querer escuchar a mí?". Y al igual que los mensajes, no era falta de talento. Era que había aprendido, desde hace mucho, que pedir lo que una vale podía hacer que la gente se alejara.
Así que Mariana decidió hacer un experimento. Uno pequeño. La siguiente vez que alguien le preguntó el precio, escribió:
"Este pastel tiene un valor de 180 dólares."
Y no escribió nada más, pasarón segundos que Mariana sintió horas, ella se quedó mirando el teléfono con el corazón acelerado. Tenía los dedos listos para agregar "pero si te parece mucho…". No lo hizo, reconoció su emoción, la aceptró, respiró y eligió hacer algo diferente. Dejó el teléfono boca abajo y se fue a lavar platos.
Diez minutos después, la respuesta:
"¡Perfecto! ¿Cómo hago el depósito?"
Mariana se rio sola en la cocina. Todo ese miedo… y la clienta ni lo había dudado.
No todo cambió de un día para otro. Hubo clientas que dijeron que no. Hubo días en que la vieja Mariana volvía y se ponía a explicar de más. Pero algo estaba cambiando.
- Empezó a cambiar el "perdón por la demora" por "gracias por tu paciencia".
- Empezó a decir "esta semana ya no tengo espacio, ¿te parece la próxima?" sin sentirse culpable.
- Empezó a hablar de sus pasteles con el mismo cariño con el que los hacía.
Y lo más curioso: disfrutaba su emprendimiento, disfrutaba el proceso de hacerlo y disfrutaba lo que estaba logrando.
Te cuento la historia de Mariana porque la he visto muchas veces, con distintos nombres y distintos negocios.
- La coach que no se anima a decir su tarifa en una llamada.
- La diseñadora que hace "una revisión más" sin cobrarla.
- La terapeuta que regala sesiones porque siente que todavía no ha "demostrado suficiente".
- Mujeres muy capaces que no tienen un problema de negocio, tienen una voz que todavía pide permiso.
Y la buena noticia es que eso se puede trabajar. La seguridad al comunicar no es algo con lo que se nace. Se aprende, se practica, se construye, que te puedo decir yo que tuve terapia de lenguaje hasta los 15 años.
Por eso este mes preparé una masterclass gratuita: "Comunica con seguridad".
Vamos a hablar de por qué nos cuesta tanto decir nuestro precio, poner un límite o hablar de lo que hacemos. Y te voy a compartir herramientas sencillas para que empieces a comunicarte desde tu valor, no desde el miedo.
📅28 de octubre
🔗 https://www.letyrivas.com/event-details/comunica-con-seguridad
Si alguna vez te sentiste como Mariana, esta COMUNICA CON SEGURIDAD es para ti.
Tu negocio y tú también crecen cuando tu voz deja de pedir disculpas.
— Lety Rivas
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